miércoles, febrero 25, 2004

Schubert y la Opera 2da parte
Su tratamiento de la orquesta, competente en el 'Lustschloss', crece en destreza y audacia hasta alcanzar la auténtica calidad schubertiana que conocemos principalmente por la música de 'Rosamunde' y las dos últimas sinfonías, una calidad que no era fruto de una visitación 'clairvoyant', sino el resultado de su infinita experimentación y exploración de las posibilidades operísticas. A diferencia de la orquesta de sus primeras sinfonías, establecida a partir de recursos académicos o domésticos, la orquesta de sus óperas no conocía limitación alguna; instrumentaba para una plantilla completa en la madera, y desde un principio empleó tres trombones. En sus óperas hay mucha música 'naturalista': vendavales, tempestades, inundaciones, cantos de pájaros y escenas matinales, y en todo ello se manifiesta una vívida pintura orquestal. El comienzo de 'Alfonso' transcurre en la mañana, antes del alba: suaves trinos de las flautas y la cuerda, con frases del oboe, describen la escena de forma deliciosa. Uno de los pasajes más encantadores de todas sus óperas es el que cierra el acto I de 'Fierabras': es de noche, y Emma aparece en un balcón iluminado mientras Eginhard le canta una serenata desde abajo. Toda la música despide el fragante aroma de una noche en un jardín español, con el clarinete exhalando su canción de amor por encima de los pizzicatos de la cuerda.

En las óperas encontramos también el procedimiento schubertiano por el que una palabra impactante se ve traducida a una adecuada figuración musical en los acompañamientos. Por ejemplo la palabra 'schleiche' ('repta') en el aria de Olivia (nº 4) en 'Die Freunde von Salamanka' (D. 326) queda plasmada en una lenta progresión cromática ascendente y descendente en la cuerda, ostinato, vívida sugerencia musical de pasos lentos. El llegar a esta aria al analizar sus primeras óperas es como llegar a 'Gretchen' al analizar sus primeras canciones; es la primera aparición de una voz auténtica entre eficiente mediocridad. Mayrhofer arrastró a Schubert hacia logros mejores, y este 'Singspiel' en dos actos está repleto de un trabajo interesante; en el dúo en re menor de Olivia y Alonso (nº 14) hay incluso un patos parecido al del 'Winterreise'.

'Adrast', también de Mayrhofer, quedó inconclusa; de todas las obras dramáticas anteriores a 1821, ésta es la mejor. En la orquestación se dan momentos notables, como el empleo de dos violonchelos en el acompañamiento del aria de Croesus (nº 2) y la utilización de cuatro trombones en el siguiente coro. El recitativo con acompañamiento, de una riqueza característica en sus matices armónicos, impregna toda la obra. 'Die Zwillingsbrüder' (D. 647) y 'Die Zauberharfe' (D. 644) pueden considerarse obras de transición, a medio camino entre el fructífero trabajo experimental de las primeras óperas y la consumación individual de las últimas. Ya hemos mencionado el beneficio que, para el desenvolvimiento y perfeccionamiento de su propio estilo orquestal, le proporcionó la especial naturaleza del libreto de 'Die Zauberharfe'. La romanza del finale del acto II (nº 9, 'Was belebt die schöne Welt?') es un aria maravillosamente bella, a la que no debería permitírsele permanecer en la oscuridad; muy bien podría constituir un don del cielo para cualquier concierto orquestal y compensar a cualquier cantante emprendedor por su esfuerzo. Ambas obras tienen dignas oberturas: la segunda es célebre como la 'obertura de Rosamunde', y la otra, que hace uso de un tema que aparece en el cuarteto de cuerda en sol menor (D. 173) merece también que se la haga resurgir."