domingo, agosto 31, 2003

La Ópera Mexicana desde 1700 hasta nuestros dias
Esto es un recuento de la Opera en México por parte de José Octavio Sosa:
En 1708 y 1711 se estrenaron en el Palacio Virreinal de la Nueva España dos producciones que se pueden conjeturar como obras operísticas: El Rodrigo, y La Parténope, ambas de Manuel de Sumaya (1682-1755). A estos antecedentes se encuentra la primera ópera mexicana escrita en el México independiente, Adelaida y Comingio de Vega, en el año de 1835, obra ahora desconocida y extraviada.
En 1859 el distinguido músico Cenobio Paniagua (1821-1892) estrenó su Catalina de Guisa repitiéndola en los años 1861-62. En 1863 Melesio Morales (1828-1908), que a la postre fue considerado el mejor exponente de este género en nuestro país y en ese siglo, presentó su primera producción con Romeo y Julieta y Paniagua la segunda con Pietro d´Abano, también Octaviano Valle con Clotilde di Cosenza y Mateo Torres Serratos con Los dos Foscari. En 1864 en el teatro Imperial se promociona Agorante, rey de la Nubia de Miguel Meneses (1839-1900) y Pirro de Aragón de Leonardo Canales de la que el periódico El Pajaro Verde (jul. 13), publicó sus impresiones: “Todos los concertantes se desgraciaron, por poco empeño de los cantantes; violines hubo a los que se les rompieron cuatro cuerdas en la noche, y las trompas dejaban escapar fuera de tiempo agudísimas notas. Canales tuvo que ponerse en pie y apostrofar a los músicos ante el público”. 1866 es el año de Ildegonda de Melesio Morales que canta Angela Peralta, y 1871 el de Miguel Planas y su Don Quijote en la venta encantada, así como de Aniceto Ortega (1825-1875) que presenta Guatimotzin igualmente con la Peralta y nada menos que con el célebre tenor Enrico Tamberlick.
Seis años más tarde, en 1877, otra vez Melesio Morales logra que se estrene Gino Corsini en el Nacional, alcanzando fama, aplausos y algo de dinero. En 1885, en el Colegio del Sagrado Corazón y casi con aficionados, Felipe Villanueva (1862-1893) da a conocer su ópera infantil Un día de asueto el 19 de octubre, para que seis años después Melesio Morales llevara a escena su Cleopatra, que vio la luz en 1891 en el Nacional, auspiciada por la Compañía de Ópera Italiana Sieni y con la soprano Salud Othón como protagonista, de la cual cabe transcribir un fragmento de una crónica de Manuel Gutiérrez Nájera que con el seudónimo de “Puck”, escribió en El Universal (nov. 20): “Corren rumores alarmantes respecto a la suspención, por dos noches consecutivas, de Cleopatra. Esto coincide con el divorcio y con el monopolio de la carne. Por lo mismo es sospechoso. Una Salud {Othón} que se enferma es inverosímil. El cartel que anunciaba la enfermedad en la primera noche, decía que la señora Othón cantaría Cleopatra al día siguiente. Lo grave del caso es la perturbación que pueden causar en las familias estas suspenciones de a ultima hora. Supongamos, por ejemplo, que un marido sale del hogar doméstico diciéndole a la señora: -Voy a ver Cleopatra. Él va a ver a Concha, a Petra o a Indalecia, para hacer estudios acerca de las cuestiones palpitantes que preocupan hoy a la prensa y a la sociedad. Vuelve a su casa a la hora que comienzan a vender las jaletinas. Se levanta y, en el desayuno, la señora le dice: -¿Qué tal Cleopatra? -¡Divina! -¿Cantó bien la Othón? -Ni se le conocía que hubiera estado enferma. Por la noche llega al hogar este humilde periódico de ustedes (lo regalo porque no es mío), y en él un parrafito que dice: No se cantó anoche “Cleopatra” por haber seguido indispuesta la señora Othón. La reyerta en inminente. Supongamos que la señora es como nosotros: enemiga de los monopolios. Sabe que su marido, melómano incurable que tararea Lohengrin todas las noches al quitarse los calcetines, va al teatro. Escribe, pues, a Pepe, un billetito diciéndole que de nueve a diez puede ir a verla. El marido que es melómano, pero no tenor de fuerza, ni anda en trapicheos ni se desvela sino con música, viendo que no hay función, vuelve a casa.... Allí oye un mi natural que le hace lanzar un re sostenido... ¡Cleopatra!, ¡Cleopatra!, ¡cuántos crímenes se habrán cometido por tu culpa!”.
Un año después, Julio Morales (1860-192?), hijo de Melesio llevó a la escena su primer y único intento operístico, Colón en Santo Domingo y en 1893, en el teatro Principal Felipe Villanueva promueve su bella partitura Keofar, y casi para iniciar el siglo, en 1900, Ricardo Castro (1864-1907), notable pianista y compositor da a conocer la ópera Atzimba, primero como zarzuela y más tarde transformada a ópera. Y al iniciar el siglo XX, Gustavo E. Campa (1863-1934) presenta sin éxito alguno El Rey Poeta ópera de la que El Imparcial emitió el siguiente comentario: El Rey Poeta resultó inmensamente malo, algo así como un eficasísimo remedio contra el insomnio. La ópera del señor Campa es una especie de cajón de sastre; hay en ella retazos de todos los tamaños y todos los colores. Tiene plagios descarados de Lohengrin, en el coro interno, de Otello, de Pagliacci, de Cavalleria Rusticana, de la Hebrea, y hasta ostenta como suya una vulgar canción napolitana. Ayuna de personalidad, carente de inspiración, monótona hasta el fastidio y fastidiosa hasta el bostezo y narcótica hasta el letargo, la ópera del señor Campa debe ser inmediatamente arrojada a la sombra y al polvo del archivo de las obras fracasadas.”
Para 1902 Ernesto Elorduy (1855-1913) mostró al público su Zulema, repetida en 1903 en el teatro Principal y repuesta el pasado año de 1999, en forma de ópera concierto con la Orquesta de Cámara de Bellas Artes bajo la dirección de Enrique Barrios. Con La leyenda de Rudel, Ricardo Castro cerraba el año de 1906, consiguiendo buen éxito, y en 1910 la ópera Nicolás Bravo de Rafael J. Tello (1872-1946) se escenificaba en un ambiente post-revolucionario, logrando que su partitura se volviera a representar en 1912. El teatro Arbeu estrenó en 1916 I due amore de Tello en enero, para después presentar en 1918 Anáhuac de Arnulfo Miramontes (1882-1960) con María Gay y Giovanni Zenatello en los papeles principales y El indiano de Alberto Flachebba.
El hombre de letras y músico, Alejandro Cuevas (1870-1940) estrenó su ópera Morgana en 1920 llevando en su elenco a María Romero, José Mojica y María Teresa Santillán y el no menos inteligente maestro José F. Vásquez (1896-1961) daba a conocer en 1922, su primera ópera llamada Citlali con María Luisa Escobar como heroína. El año de 1928 en el inconcluso teatro Nacional, después Palacio de Bellas Artes, se reponía Atzimba de Castro, para dar paso un año después a la extraña ópera Lisisca de Flachebba el 10 de noviembre. En el destartalado teatro Hidalgo, ahora teatro Regina, en 1935, Heliodoro Oceguera presentaba su partitura Un sueño de hadas, en tanto el Palacio de Bellas Artes reponía, otra vez, Atzimba, y Lisisca, así como El mandarín y El Rajáh de José F. Vásquez, además de Tabaré de Oseguera. Media década después, Manuel Camacho Vega aprovechó la oportunidad y mostró su ópera Tonatiuh en Bellas Artes, en tanto se preparaba la première mundial de Tata Vasco, en 1941, de Miguel Bernal Jiménez (1910-1956) en Pátzcuaro, Michoacán y la presentación de la misma en la ciudad de México el propio año.
La mulata de Córdoba, única ópera de José Pablo Moncayo (1912-1958), escrita por encargo de Carlos Chávez (1899-1978) que se estrenó en la temporada de la Academia de la Ópera en 1948, encabezando el elenco una Oralia Domínguez en los albores de su carrera, se presentó como el plato fuerte de la noche en un programa que incluía otros dos estrenos: Carlota de Luis Sandi (1905-1996) y Elena de Eduardo Hernández Moncada (1899-1995). Fue La mulata la única que alcanzó un verdadero triunfo, reprogramándose en posteriores temporadas en Bellas Artes e incluso en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona en 1966, donde compartió el programa con Severino de Salvador Moreno (1916-1999) y Carlota de Sandi. En la década de los cincuenta se repusieron La leyenda de Rudel y Atzimba de Castro, Carlota y La mulata de Córdoba, pero el acontecimiento, porque así se le llamó, fue el estreno en 1959 de El amor propiciado de Carlos Chávez, cuya première había tenido lugar en Nueva York dos años antes.
En 1957, Luis Mendoza López (1890-1966) estrenó Eréndira en Xalapa, Veracruz, con repeticiones en Guadalajara y Guanajuato, y en 1959 en el teatro Jorge Negrete de la ciudad de México, donde Plácido Domingo cantaba ya alguna pequeña parte.
En 1961 José F. Vásquez estrenó El último sueño con Plácido Domingo, Martha Ornelas y Guadalupe Solórzano. Se presentó en programa doble con La mulata y el éxito sólo fue de esta última. Después de algunas representaciones de Severino y Carlota, se estrenó la que sería la primera ópera de Carlos Jiménez Mabarak (1916-1994), Misa de seis, que obtuvo una fría recepción. En 1963 Chávez repitió su partitura, ahora cantada en la versión en español. Un año más tarde, Luis Sandi presentó La señora en su balcón, basada en una novela de Elena Garro (1917-1998), que cantaron Graciela Saavedra, Gilda Cruz, Aurora Woodrow, Salvador Novoa y Roberto Bañuelas, con una puesta en escena de Celestino Gorostiza (1904-1967). Finalmente, en 1968 en el teatro Ferrocarrilero, el maestro Chávez sacó El amor propiciado, rebautizándolo como Los visitantes.
En 1974 la célebre compositora y pianista Alicia Urreta (1931-1986) presentó en el Centro Cultural El Agora su ópera El romance de doña Balada, con buena crítica, dejando tristemente inconclusa su salsópera El espejo encantado, con textos de Salvador Novo (1904-1974). Algo similar ocurriría con La encrucijada, ópera de Manuel Enríquez (1926-1994) que quedó interrumpida por la muerte del maestro. En diciembre de 1975 se repuso, después de 26 años, Tata Vasco, de Miguel Bernal Jiménez.
El teatro de la Ciudad de México, antes Iris, albergó la ópera Encuentro en el ocaso, de Daniel Catán (1949), en 1980 y un año después, en Bellas Artes, sería el turno para el compositor Miguel Alcázar (1942) y su ópera La mujer y su sombra, que en programa triple compartió la velada con Severino y La mulata. La que sería la segunda y última obra operística de Jiménez Mabarak, La Güera, se estrenó en Bellas Artes en 1982 con éxito singular.
En 1987 se estrenó en Bellas Artes, escénicamente, Orestes parte, magnífica partitura de Federico Ibarra (1946) que ya había presentado su Leoncio y Lena en 1981, y que estrenaría después El pequeño príncipe en Los Angeles, California, Madre Juana que llevó a escena en 1993 y Despertar al sueño en 1994, obra que alcanzó singular número de representaciones.
La première de Aura, de Mario Lavista (1943), se llevó a cabo en el Palacio de Bellas Artes en 1989; la obra está basada en la novela de Carlos Fuentes (1928). El mismo año se presentó en Monterrey, N. L., la ópera El marciano del compositor y director de coros Gabriel González Meléndez (1960). Basada en una obra de Octavio Paz (1914-1998), La hija de Rappaccini de Daniel Catán se llevó a la escena en 1991; tres años después sería estrenada en la Opera de San Diego, California. Antes, en 1990, José Antonio Guzmán (1946) había presentado su Ambrosio o la fábula del mal amor, tanto en la Sala Covarrubias como en Bellas Artes. En tanto, Hilda Paredes (1957), Marcela Rodríguez (1951) y Manuel Henríquez Romero (1930) estrenaban en 1993 The Seventh Pip, La sunamita y Malinali, en el teatro Juan Ruiz de Alarcón de la UNAM, en el teatro de la Ciudad de México y en el Manuel Doblado, de León, Guanajuato, respectivamente.
En 1994 Víctor Rasgado (1959) estrenó en Spoleto, Italia, en el teatro Ciao Melisso, Anacleto Morones, que a la postre había ganado el concurso de composición operística Orpheus. Esta partitura continúa inédita en México. Los más recientes estrenos de óperas mexicanas son La tentación de San Antonio, de Luis Jaime Cortez (1962), cuya première tuvo lugar en 1998 en el teatro de las Artes, Florencia en el Amazonas, de Catán, en mayo de 1999, El pequeño príncipe, de Ibarra, De cachetito raspado, de Juan Trigos R., en el Centro Cultural Helénico, en el mes de septiembre de 1999 y la versión definitiva de la única ópera de Carlos Chávez, que ya conocida en nuestro país como el El amor propiciado y Los visitantes, ha quedado registrada, según las últimas indicaciones y arreglos del propio compositor antes de su muerte, como The Visitors, cuyo estreno mundial se verificó en el teatro Juárez, de Guanajuato el pasado 2 de octubre de 1999. En el añ 2000 se produjeron dos estrenos mundiales en el Centro Cultural Helénico. Se trata de La Muerte y el hablador de Leopoldo Novoa y Doloritas de Julio Estrada. Estos se verificaron los días 9 y 10, y 12 y 13 de agosto, respectivamente.